LA MUJER DEL BAR RELATO DE SICARIOS

Saludos. Me dedico a realizar trabajos para mis jefes, no voy a ahondar en más detalles sobre el tema porque aún estoy activo y a nuestra línea de trabajo no se le paga bien si andamos de indiscretos.

Esto me pasó en una ocasión que después de varios trabajitos necesitaba un descanso. Me fui al primer congal que encontré con mis compas, teníamos dinero para gastar y ganas de desmadre, así que llegando le pedimos a la madrota a sus mejores muchachas, el alcohol más caro que tuviera y nosotros llevábamos la droga sin cortar, así que la fiesta iba a estar buena.

Pronto las cosas se calentaron y muchos de mis compas ya se habían agarrado mujer para irse a los cuartos a tener intimidad, pero para mí no había ninguna que me convenciera, de forma que me había quedado bebiendo en una de las mesas, simplemente disfrutando el show que daban algunas de las chicas sobre las mesas.

En eso, una dama vestida con lencería sensual de color carmesí me llamó como la llama a las polillas. Tenía el cabello largo, de tono rojo brillante, los ojos destellaban centellas que prometían placeres profundos desconocidos incluso para hombres como yo. enseguida me lancé al ataque y comenzamos a platicar sobre nimiedades de la vida.

La mujer me dijo que se llamaba Sandra y que por unos miles de pesos la podría acompañar una noche. Quise probarla primero en la pista de baile a lo que ella aceptó siempre y cuando nos tomáramos unas copas antes. No sé cómo había llegado una dama de esa calidad a un congal de mala muerte de un pueblo perdido en la sierra, poer no quería cuestionar mi suerte, de forma que bailamos al ritmo de unas cumbias y salsas que sonaban extrañas, no sé si por efecto de las drogas que ya traía en la sangre o por que las bocinas eran de malísima calidad.

Después de unos pases de sus manos, ya me tenía a punto, de forma que le pedí que fuéramos a un lugar más privado o le iba a mostrar de qué estaba hecho en ese mismo momento. Ella sonrió y me condujo de la mano a una zona de habitaciones del congal, con colchones sucios en el suelo pero que cumplirían la función de darnos un poco de privacidad. En poco tiempo ya estaba desnudo, sin importarme que el frío hiciera que nuestra piel se sintiera congelada, comencé a besarla.

Me extrañó el aliento algo fétido de la mujer, pero pues ya entrados no tenía forma de retroceder. Ella me daba la bienvenida entre sus piernas. Me distraje por unos minutos de su rostro, pero algo me hizo detenerme unos segundos para examinarla de cerca: sus gemidos pasaron de ser los agradables sonidos del placer de una mujer a una especie de chirridos similares a los de un animal.

Cuando le quité el cabello del rostro pude notar que su cara ya no era la hermosa combinación de ojos oscuros y grandes con labios que llamaban a la tentación, en ese momento se trataba de una mueca llena de pelo, parecida a la de un perro, que gemía por contacto de mi carne con la suya. Esa visión fue suficiente para que se me bajaran los humos, me separé de un salto de la criatura, cuando la vi completa noté que el resto del cuerpo era una desagradable combinación de cánido y persona. No pude más con el asco, busqué rápidamente mi pistola para meterle un par de tiros a la bestia, pero ella escapó por una de las ventanas del lugar.

Me sentía humillado, asqueado, sucio, espantado. Enseguida me retiré del lugar a las trocas que habíamos dejado fuera del congal, le pedí al chofer que me llevara de regreso a la base, ya los compas terminarían su desmadre cuando les diera la gana, pero en ese momento lo que yo necesitaba era bañarme hasta que me arrancara del cuerpo la sensación de la piel de ese engendro. No tenía ni cómo reclamarle a las dueñas del sitio, de forma que guardé esta historia por años, hasta ahora que me he animado a contarla, aunque sea de forma anónima.

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