EL ÚLTIMO DE LA FILA RELATOS DE TERROR

Mi nombre es Dagoberto Suarez. Voy a compartir una experiencia que me hizo pasar el peor susto de mi vida. A pesar de que esto me sucedió cuando ya tenía un poco más de 40 años, es algo que me ha dejado marcado.

En esa ocasión acababa de salir después de estar 10 años encerrado en la cárcel por haberle quitado la vida a una persona. Comento esto no porque estoy orgulloso de eso, si no para decir que siempre había sido un hombre violento. Desde joven fui peleonero, de hecho no terminé la secundaria porque me expulsaron de 3 escuelas.

Por lo mismo siempre discutía con mis padres, porque ellos me querían meter en cintura a base de más golpes. Eso me llevó a salirme de mi casa para vivir solo cuando cumplí mi mayoría de edad. Así me hice todavía más duro.

Como no creían que hubiera un infierno no me asustaba con nada y no le tenía miedo a nadie. Fue entonces cuando cometí mi peor error y me encerraron. Ahí en el Cerezo me pusieron un apodo, el toro, porque me podía pelear con 2 o 3 internos y ganarles sin problemas.

Aunque en el penal pasé por situaciones horribles y peligrosas, eso no me cambió, salí siendo peor de brabucón e incluso ya tenía pensado empezar a robar. Pero días después, no sé porque entré en razón y una mañana decidí empezar una nueva vida.

Por tener antecedentes penales no lograba conseguir un empleo para poder subsistir ya aunque fuera de manera sencilla. Entonces ya desesperado acepté lo primero que se presentó, vestirme de Santa Claus en un centro comercial. Recuerdo que ya era a mediados de Diciembre.

Ahí me facilitaron el traje y me dieron indicaciones. Los primeros días marcharon normales. Lo único que tenía que hacer era estar sentado en una banca adornada, tocar una campanita y estar dispuesto a que me retrataran con los muchos niños que se me acercaban a entregarme sus cartas o a pedirme sus regalos.

Pronto se llegó el último día que estaría ahí, el 24 de Diciembre de 1990. Me acuerdo que esa noche me persigné mientras me disfrazaba. Ese turno era el más largo, trabajaría desde en la mañana hasta las 10 de la noche, la hora en que el centro comercial cerraría.

Las horas se pasaban lentamente. Ya me estaba desesperando un poco porque ya eran como las 7 de la tarde y la fila de niños parecía interminable. Llegaban y llegaban, ni tiempo tenía de ir al baño.

Como a las 9 noté algo raro. Había un niño que se formaba en la fila, pero cuando ya iba a llegar conmigo se salía y se volvía a formar. Eso era extraño, más porque ya lo había hecho como 4 veces. Parecía que su intención era pasar al último. Yo hacía mi labor como Santa Claus pero no le quitaba la vista de encima a ese niño, quien al parecer no lo acompañaba nadie.

Me apuré atenderlos a todos y para cuando faltaban unos cuantos minutos para las 10 de la noche ya solo 3 niños esperaban que los atendiera. El último de la fila era ese niño. Pasó uno, luego el otro y al final él. La verdad ya me encontraba intrigado por saber que me iba a pedir.

 

A las 10 con 7 minutos se paró frente a mí. A él sí le puse atención, aunque confieso que ya estaba aburrido de escuchar las mismas peticiones. Bicicletas, pelotas y muñecas.

Ese niño se me acercó y me dijo al oído que me miraba bastante ridículo vestido de Santa Claus, y pronunció mi apodo, ese que me habían puesto en la cárcel. Intenté reconocerlo pero en ese momento todo quedó a obscuras.

Quise levantarme pero una mano huesuda me agarró del hombro derecho. Me dio un terrible frío y por primera vez sentí miedo. Sabía que lo que tenía frente a mí, no era un niño normal, lo primero que se me vino a la mente fue que era el diablo.

Aunque me temblaba la voz le pregunté qué era lo que quería de mí. Recordarte quien eres, fue lo que me respondió. Entonces con una voz ronca me empezó a decir todo lo malo que había sido. Desde niño, en mi adolescencia, en la juventud.

Recordó las veces que había robado hasta llegar al asesinato que había convertido y por el que estuve 10 años encerrado. Me dijo que nadie podía cambiar de un día para otro, mucho menos alguien como yo que no creía en Dios.

No sé de donde saqué la valentía pero le dije que yo lo iba a intentar, entonces eso, lo que estuviera frente a mí se comenzó carcajear. Si es que era el diablo en algo tenía razón, yo nunca había creído en un Dios.

Me puso la otra mano en mi hombro izquierdo entonces sentí unas punzadas muy fuertes en el pecho. Más me asusté porque creí que me iba a dar un infarto. El seguía recordándome mis malos deseos y pensamientos mezquinos. Me dijo que yo le pertenecía y que nadie me podía salvar.

En ese momento no sabía que hacer, y no iba a recurrir a Dios por conveniencia. Lo único que se me ocurrió fue pedirle ayuda a Santa. Confieso que tampoco creía en él pero necesitaba auxilio. Entonces le ofrecí que si me libraba del diablo cada año me disfrazaría y repartiría juguetes a los niños. El diablo rió a carcajadas, después todo fur silencio.

A los pocos segundos sentí que me soltaron y volvió la luz. Comencé a voltear para todos lados buscando a ese niño. Lo primero que miré fue al guardia del centro comercial, me preguntó si me pasaba algo, a lo que le respondí que no, solo estaba esperando que volviera la luz para retirarme. Se me quedó mirando y me dijo que nunca se había ido la luz.

Iba alegar con él pero no tenía caso. Para que ya no me investigara guardé silencio, recogí mis cosas, y me retiré. Le dije al guardia que al día siguiente entregaría el traje. Así vestido de Santa caminé hasta mi casa.

Cuando entré, sentí que algo me estaba esperando. Busqué por toda la casa porque había una presencia, pero lo que estaba ahí no lo podía ver, pero no podía ser otra cosa, era ese demonio. Por primera vez en toda mi vida recé lo poco que me sabía y le volví a decir a Santa que cada año me encargaría de los niños, pero que me ayudara.

Juro que a partir de ahí he sido otro hombre. Ya no volví a robar y mucho menos a caer en la cárcel. Ya no puedo remediar lo que hice, pero el resto de mi vida puedo hacer el bien. Ya han pasado los años y he cumplido lo que le prometí a Santa, cada año me pongo la misma ropa roja con blanco y salgo con gusto a repartir juguetes.

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Encuentralo en Inframundo Relatos de Terror
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