Muy buenas noches, Inframundo. Mi nombre es Ramiro Velázquez, soy de Irapuato, Guanajuato, y llevo manejando tráiler desde hace más de dieciocho años. He visto muchas cosas en el camino, algunas que me han hecho frenar en seco, otras que me han quitado el sueño durante días, pero lo que viví en una curva maldita de la autopista que conecta Salamanca con Morelia me marcó para siempre.
Aquella noche me dirigía a cargar fertilizante en un parque industrial al sur de Michoacán. Era una entrega urgente. Tenía que estar ahí a primera hora, así que salí de madrugada. La carretera estaba desierta. Apenas se veía un par de luces a lo lejos. La niebla caía densa y el aire olía a humedad estancada, como si todo el monte estuviera podrido por dentro.
Siempre he sabido que esa zona tiene fama. Le llaman la Curva de los Dormidos. Dicen que muchos choferes se quedan dormidos justo ahí y se accidentan sin razón aparente. Algunos sobreviven. Otros no. Las cruces están por docenas en cada orilla. Parecen sembradas con intención.
Yo iba concentrado. Sin música. Sin ruido. Solo el motor y mi respiración. Al acercarme a la curva, el parabrisas comenzó a empañarse sin lógica. La temperatura no había cambiado. Limpié con la mano. Nada. De pronto, el motor se sintió más pesado. Como si jalara de más. El volante comenzó a vibrar. Pensé que era alguna falla mecánica, pero todo parecía en orden.
Al llegar al centro de la curva, vi algo que no esperaba. Un grupo de personas acostadas sobre el pavimento. No eran cuerpos atropellados. Estaban acomodados, como si durmieran. Al principio creí que era un grupo de migrantes o manifestantes bloqueando el paso. Reduje la velocidad. Me acerqué con cuidado. Pero cuando los faros iluminaron bien, supe que no eran personas normales.
Todos tenían los ojos abiertos. Grandes. Brillaban como si tuvieran luz propia. Estaban inmóviles. Ni parpadeaban. Solo me miraban sin moverse. Sus ropas estaban desgarradas. Algunos tenían manchas de tierra. Otros, sangre seca en el pecho. Sus bocas estaban entreabiertas, como si respiraran lentamente, pero no hacían ni un solo sonido.
Me congelé. No sabía qué hacer. No podía dar vuelta. No había forma de retroceder sin salirme del camino. Pensé en rodearlos. Pero cuando moví el volante, uno de ellos se levantó de golpe. Su cuerpo crujía como ramas secas. Se irguió sin doblar las rodillas. Era alto. Delgado. Y caminaba hacia mí con movimientos torpes, pero decididos.
Apagué las luces por instinto. Fue peor. Desde la oscuridad vi cómo el resto comenzaba a levantarse. Todos al mismo tiempo. Como si compartieran una sola mente. Tomé una linterna, la encendí y traté de ver mejor. Sus rostros no eran humanos. Eran máscaras pálidas. Ojos hundidos. Piel que parecía mojada pero cuarteada. Labios grises. Cuerpos resecos como si hubieran salido de la tierra hace poco.
Me encerré en la cabina. Cerré todo. Me armé con un tubo de acero que uso cuando cargo cosas pesadas. No tenía arma de fuego, pero tampoco estaba dispuesto a rendirme. Empecé a acelerar. No me importó si los golpeaba. Uno se lanzó contra el parabrisas. Sentí cómo crujió el cristal pero no se rompió. Otro cayó al cofre. Se aferró con uñas largas, amarillas, como si fueran garras de animal viejo.
Apreté más el acelerador. No sé cómo, pero logré pasarlos. Uno se quedó pegado al costado del tráiler. Alcancé a sacudirlo con una maniobra brusca antes de que llegáramos a un tramo recto. No me detuve ni miré atrás. Seguí manejando hasta el amanecer, sin decir palabra.
Al llegar al punto de carga, el de seguridad me preguntó por qué traía los faros estrellados y las puertas abolladas. Dije que me topé con piedras en la carretera. No tenía sentido contarle nada. No lo iba a entender.
Volví a pasar por esa ruta semanas después. De día. Ya no había nadie. Pero sí noté algo. Sobre el asfalto, justo donde ocurrió todo, se veían manchas oscuras. No de sangre. Era como ceniza incrustada. Como si algo se hubiera quemado ahí sin dejar fuego.
Desde entonces evito esa curva, aunque me cueste más tiempo. Porque lo que se levanta ahí en la madrugada no duerme, y no está vivo. Solo espera a que pases lento, para que no te vayas nunca más.
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