EL AMARRE

Muchos hacemos cosas desesperadas por amor. Sé que la mayoría de las veces son las mujeres las que se arriesgan a hacer este tipo de cosas con la finalidad de mantener a un hombre a su lado, pero sé por experiencia que el uso de la brujería no es puramente femenino. No quiero dar detalles porque esta historia es muy fuerte para mí, pero al menos sepan que soy un hombre.

Me enamoré perdidamente de una chica, desde el momento en que la vi en la fiesta de cumpleaños de uno de mis amigos supe que ella tenía que ser para mi. Me acerqué, hablé con ella, estaba soltera, era mi golpe de suerte. Congeniamos enseguida, mi corazón latía como loco y quise creer que el de ella también.

La llené de regalos, todo lo que ella quería se hacía, la llamaba siempre, le mandaba mensajes, la escuchaba, bebía sus palabras como si fueran agua y yo estuviera en el desierto. Creí que la estaba haciendo feliz, porque al principio ella respondía a todo en la misma medida, pero conforme pasaron los meses se fue haciendo fría.

Comprobé lo que pasaba en una ocasión que nos quedamos juntos, yo no podía dormir, pero ella sí, dormía como tronco. Había una fuerza atrayente en su teléfono, algo decía que lo tomara y no me resistí. El aparato estaba bloqueado con su huella, así que con discreción tomé su mano derecha y coloqué el pulgar ahí. Enseguida vi una serie de mensajes en el WhatsApp. Eran bastante explícitos como para entender que desde hace mucho yo no era el único en su vida. Dejé el aparato a un lado.

En ese momento mi mente se enloqueció. La quería matar, la quería amar más, quería que se olvidara de esa persona y que fuera sólo mía, todo al mismo tiempo. Ya no podía dormir con ella en ese momento, así que salí de la habitación a mi sala, y sin más qué hacer me puse a ver redes sociales en el celular. En uno de los anuncios que vi, había uno de una supuesta bruja que hacía amarres garantizados. Quise intentarlo, no creí que me contestaran a las 3:00 de la mañana, pero llamé de cualquier modo, sólo para calmarme.

Me contestaron, era la voz de una mujer mayor que parecía que me estaba esperando. Me dijo que si tenía penas de amor, ella podría hacerme un amarre garantizado, que ya con la modernidad ni siquiera necesitaba verla, tan sólo mandarle una foto de ella, una mía y el costo de la tarifa por transferencia. Los milagros de la tecnología. No tenía nada qué perder así que lo hice, el costo no era alto, así que me dije qué no estaba perdiendo nada. Me dormí en la sala.

Al día siguiente el cambio en, la llamaré Camila, fue diametral. Me despertó con un beso y el desayuno hecho, me dijo que me amaba, me llenó de tanto cariño como pudo y ni siquiera volteó a ver el teléfono una vez, pese a que estaba sonando como loco, incluso pude ver el nombre de un hombre en la pantalla.

Comenzó a literalmente dejar todo por mí, me quería con ella a sol y a sombra. Pronto se tomaba días libres del trabajo con tanta frecuencia que la acabaron despidiendo, la tenía todo el tiempo en mi casa, había llegado al punto en el que incluso dejaba de comer si yo no llegaba a verla para la cena u otra cosa. Todo se volvió tan enfermizo que, ya olvidado de mi trato con la bruja del teléfono, traté de cortarla. Camila no se lo tomó bien. Fingió que sí, pero un día nos envenenó las bebidas de la cena. Quería que fuera sólo suyo, en vida o en muerte.

Desperté en el hospital sólo porque la toxina que me dio hizo efecto cuando estaba hablando con mi mamá, cuando no le contesté se preocupó y vino a mi casa, nos encontró tirados a los dos. Camilia murió, su cuerpo era mucho más pequeño que el mío y no alcanzaron a salvarla. Desde ese día me culpo por todo lo que pasó. Sólo les puedo decir que no jueguen con estas cosas, a veces nos dan mucho más de lo que pedimos.

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