EL PERRO VIEJO – HISTORIA DE TERROR

 

Mi nombre es Alberto, tengo 51 años de edad y soy de Querétaro, México; deseo contarles lo que nos sucedió a uno de mis hijos y a mí, en un rancho ubicado en una zona rural, allá en los principios de la década de los 2000.

De entre toda la familia, mi hijo es el único que se cautivaba con la vida de campo, de niño solía llevarlo a los campamentos y eso aumentaba su atracción por las zonas rurales, tanto que nos decía a todos que, cuando sea grande, se compraría un rancho; cuando se le dió la oportunidad de adquirir uno, fue cuando pasó esto, y me llevó a mí con intenciones de ayudarlo a ambientarlo, antes de mudarse con su esposa e hijos. Estuvimos sólo dos días en ese lugar, lo cual fue suficiente para escapar de allí, sin importar la inversión que hizo.

El rancho estaba abandonado desde hacía mucho tiempo, en verdad teníamos mucho trabajo por hacer; supuestamente le perteneció a una familia, de la cual, sólo los padres se quedaron ahí hasta el día de sus fallecimientos. Lo bueno es que el terreno era grandísimo, incluso tenía un establo que aún se mantenía en pie, comenzamos primeramente con la reparación de la casa, ya que era la más importante; esa noche, mientras cenábamos, ocurrió algo muy extraño.

Los vecinos más próximos no estaban muy alejados, y tenían perros, lo intuímos cuando esos animales comenzaron a ladrar y a llorar desde esa distancia; lo extraño es que los escuchábamos cerca y luego lejos, como si por momentos estos se acercaran hasta el rancho para rápidamente alejarse. Pensamos que le ladraban a algún animal que andaba dando vueltas por ahí, lo que nos motivó a salir de la casa para inspeccionar, no había nada, todo era silencio y oscuridad; hasta que un determinado momento, mi hijo me indicó sorprendido que observara hacia el establo. Se trataba de un perro negro caminando cerca del establo, lo seguimos con la mirada hasta que este se perdió en el interior; cuando fuimos a verlo, descubrimos su deplorable condición.

Estaba flaco, desnutrido, sus orejas caídas estaban llenas de garrapatas y gran parte de su pelaje estaba cubierto de sarna, nos dió asco verlo, y para colmo ninguno de nosotros es amante de los animales; el nauseabundo y repugnante perro estaba echado sobre unas malezas secas que había en el interior, por lo que entendimos que acostumbraba a pasar la noche allí.

Esa noche no hicimos nada al respecto, nos fuimos a acostar dejándolo en ese lugar; antes de dormir platicamos sobre qué hacer con él, o teníamos que hacernos cargo de él y curarlo, o directamente sacrificarlo, pues era notorio de que no tenía dueño. Al amanecer el perro ya no estaba, por lo que nos olvidamos de él y continuamos con nuestro trabajo; cuando llegó la noche, los ladridos de los perros del vecino anunciaron su llegada.

Comprendí cuál fue la decisión que mi hijo tomó, cuando lo ví preparar su arma y pedirme que lo acompañara, en efecto, al salir vimos cuando el animal llegaba; por un instante sentí tristeza, pero les juro que, cuando nos acercamos a él y mi hijo le apuntó para disparar, ese animal me hizo estremecer de miedo.

Como si fuera dotado de inteligencia, apenas vió el arma, aquel perro corrió a una velocidad sorprendente hacia mi hijo, todo fue rápido, de pronto el animal ya estaba sobre él mordiendo su brazo con el que se protegía; la desesperación de oírlo gritar de dolor me puso tonto, lo único que se me ocurrió fue acercarme para empezar a patear al perro, ya que el fusil había volado durante el choque con mi hijo y no estaba a la vista. Se me erizaron los vellos de la piel cuando, luego de darle la única patada, el perro dió un grito de sufrimiento como el de un humano; quedé pasmado, lo cual esa cosa aprovechó para ahora arrojarse sobre mí y comenzar a morderme, sentía sus colmillos destrozando mi carne, en tanto la feroz bestia gruñía enfurecido. En medio de mis gritos escuché el disparo del arma de mi hijo, fue increíble ver aquello, puesto que eso sí logró que el animal dejara de morderme, pero no le hizo absolutamente nada; simplemente retrocedió para a continuación maldecirnos, pues esa criatura habló como si fuera un hombre viejo, era un brujo nahual.

A pesar de la riña, el brujo nos dejó escapar, tomamos nuestras cosas y nos subimos al carro para salir de ahí, mientras él se quedó parado como un ser humano, observándonos desde una cierta distancia hasta que nos fuimos.

Hasta en la actualidad el rancho sigue en venta, nadie de la zona lo quiere comprar, como si ellos supieran algo que nosotros nos enteramos recién aquella noche; y aunque el brujo nos dejó con vida, tuvimos que cargar con el castigo de haber intentado sacrificarlo, por varios meses.

En cada parte donde él nos mordió, la carne se nos empezó a pudrir, y todo el cuerpo se nos llenó de sarna, cumpliéndose así las palabras que nos dijo aquella noche:

«Padecerán el mismo sufrimiento que llevo en mi cuerpo»…

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