Mi nombre es Hugo Paniagua y llevo más de dieciséis años manejando tráiler. He cruzado de noche desiertos, selvas, pueblos fantasmas y caminos que parecen no terminar nunca. Nunca tuve miedo a lo que pudiera pasar, hasta aquella madrugada en la que algo, que no debería estar en este mundo, se subió a mi unidad y me cambió para siempre.
Era un martes cuando me asignaron un viaje desde Córdoba, Veracruz, hasta Guadalajara. Iba cargado con azúcar y tenía que salir a las tres de la mañana para hacer entrega al amanecer. Todo marchaba normal. Salí puntual, el clima era fresco, no había tráfico, y la radio sonaba bajito para no romper el silencio de la madrugada. Pasando Orizaba, la niebla comenzó a caer como un velo espeso. A esa hora la carretera 150D se siente más solitaria que nunca. Los faros del tráiler apenas iluminaban un par de metros más allá del cofre y lo único que me acompañaba era el zumbido del motor y el crujido suave del volante en cada curva.
Fue en una recta larga y oscura donde la vi por primera vez. A lo lejos, una figura parada al borde del camino, inmóvil, como si me esperara. Al acercarme noté que era una mujer, vestida completamente de blanco, con el cabello largo cubriéndole la mitad del rostro. Levantó una mano muy despacio, como pidiendo aventón. Dudé. Nunca subo a nadie, y menos de noche, pero algo en ella me hizo frenar poco a poco. Detuve el tráiler. Abrió la puerta por sí sola, subió sin mirarme, se sentó junto a mí con movimientos lentos y suaves, y cerró la puerta con un suspiro.
Durante los primeros minutos no dijo nada. Solo miraba hacia el frente, en completo silencio. Su presencia era extraña, no se escuchaba su respiración, ni se sentía el calor de su cuerpo. Yo quería preguntar algo, cualquier cosa, pero la garganta se me secó. Me armé de valor y le pregunté su nombre. Ella respondió sin mirarme, con una voz tan suave que apenas pude escucharla. Dijo que su nombre no importaba. Volví a preguntar a dónde iba. Su respuesta fue todavía más fría. Dijo que no iba a ningún lado, porque ya estaba muerta.
No reaccioné de inmediato. Tardé un par de segundos en entender lo que acababa de decirme. Giré el rostro con lentitud. El asiento del copiloto estaba vacío. Parpadeé, miré varias veces, hasta que me detuve en seco en plena carretera. Me bajé sin pensar, abrí la puerta del copiloto por fuera, revisé por debajo de la unidad, alumbré con la lámpara de mano… nada. Estaba completamente solo. No había rastro de ella, ni de su presencia, ni de su peso, ni siquiera del sonido que hizo al cerrar la puerta.
Volví a subir temblando. Cerré todo. Apagué el motor y me quedé ahí unos minutos, tratando de calmarme. Respiraba lento, pero sentía el corazón en el cuello. Me repetía que era el cansancio, que lo había imaginado, que tal vez me quedé dormido un instante, que fue un sueño despierto. Me convencí de continuar y retomé la marcha.
Todo parecía volver a la calma, pero veinte minutos después, justo en otro tramo recto y solitario, la volví a ver. Estaba ahí, de nuevo, de pie, al borde del camino, exactamente igual que antes. Vestido blanco, cabello cubriéndole el rostro, completamente inmóvil. Esta vez no levantó la mano, solo me miraba. No frené. Seguí derecho, pasé junto a ella y apreté más fuerte el volante. Cuando volteé por el espejo retrovisor, ya no estaba.
Un par de kilómetros más adelante, ahí estaba otra vez. En el mismo lugar, la misma pose, como si la carretera se repitiera en un bucle imposible. El miedo me paralizó las piernas. Aceleré. Ya no quería verla más. No quería entender nada, solo llegar, solo entregar, solo olvidar.
Y entonces sentí algo frío recorrer mi brazo derecho. No un aire, no un escalofrío, era una sensación física, tangible, helada, como si algo se hubiera deslizado por mi piel. Volteé despacio, sin querer mirar, y ahí estaba otra vez, sentada a mi lado, ahora completamente visible. Su rostro era blanco como la cal, los labios estaban agrietados, los ojos eran dos huecos sin fondo, y su expresión era la de alguien que nunca ha conocido la paz. No dije nada. No grité. Solo apreté los dientes, giré el volante sin control, y el tráiler perdió el equilibrio.
Sentí cómo las llantas traseras se levantaban, cómo el peso de la carga empujaba hacia un costado, y cómo el remolque se ladeaba. El tráiler se salió del carril, rebotó contra el talud de la carretera y comenzó a volcarse. Todo fue un estruendo de metal rasgándose, cristales estallando, y el sonido del remolque arrastrándose por el asfalto como si un monstruo lo estuviera devorando.
Desperté minutos después, con el cuerpo adolorido, cubierto de sangre, pero vivo. Estaba atrapado entre el volante y la puerta, sin poder moverme bien, pero consciente. Vi luces acercarse, personas gritando, paramédicos cortando la puerta. Cuando me sacaron, me preguntaron si viajaba solo. Asentí sin pensar. Uno de los rescatistas me dijo que varios curiosos aseguraban haber visto una mujer salir de la cabina segundos antes del accidente.
No dije nada. No volví a hablar del tema.
Días después, en el taller donde recuperé algunas cosas, un mecánico me preguntó si el accidente había sido cerca del kilómetro 228. Le respondí que sí. Me miró en silencio y dijo que no era el primero que mencionaba a una mujer vestida de blanco. Según él, hace décadas una joven murió atropellada en ese mismo tramo mientras pedía ayuda en la madrugada. Desde entonces, algunos dicen que se aparece buscando un aventón, otros aseguran que sube a los vehículos y los lleva directo al final del camino.
Desde esa noche no manejo de madrugada, y si tengo que hacerlo, jamás me detengo por nadie. Porque si la ves una vez y le abres la puerta, ella recuerda quién fuiste… y siempre vuelve.
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