
A los veintidós años, la pobreza en casa ya era insoportable. Mi madre hacía milagros con el poco dinero que entraba, y mi padre apenas podía levantarse de la cama después de un accidente que lo dejó cojeando de por vida. Salir de ese pequeño pueblo no fue una elección, fue una necesidad. Me fui al siguiente municipio, no muy lejos, pero lo suficiente como para sentir que tal vez, allá, el destino podía torcerse a nuestro favor.
Me ofrecieron cuidar un rancho aislado durante tres semanas. Los dueños, un matrimonio de ancianos con dos hijas adultas, se irían de vacaciones. Me pareció perfecto: comida incluida, pago justo, y aislamiento total. Para mí era solo una oportunidad de enviar algo de dinero a casa y estar tranquilo.
La casa principal era grande, antigua, de madera crujiente y ventanas selladas con cortinas pesadas. Mi habitación estaba en una casita pequeña al fondo, algo apartada. Cuando llegué, los viejos ya me esperaban. Me dieron las llaves, instrucciones básicas, y se marcharon sin más. No volví a verlos.
La primera noche fue tranquila. Pero en la segunda, algo cambió. Me despertó un grito que desgarró la madrugada. No fue humano, ni animal, sino algo entre ambos. Me puse los zapatos y salí a revisar con una linterna en mano. El aire tenía un olor espeso, como carne podrida descomponiéndose bajo el sol, aunque esa noche el frío calaba los huesos.
Revisé la casa principal y todo el terreno. Nada. Solo silencio y ese hedor enfermizo que parecía filtrarse desde el subsuelo. Cuando regresaba a mi cuarto, vi una figura negra pasar junto a la ventana. Era una silueta humana, delgada, larga, imposible de confundir. Corrí hacia donde la vi, pero no había nadie. Solo ese olor, más fuerte ahora, como si algo se hubiera abierto bajo tierra.
Volví a acostarme. No podía dormir. Afuera, pasos. Lentos, arrastrados, alrededor de mi habitación. Cerré los ojos con fuerza, pero el miedo se colaba por cada rendija del cuarto. Entonces, un nuevo grito, más cerca, más profundo. Esta vez retumbó en mis oídos, como si saliera de las entrañas de la casa. Todo comenzó a temblar. Las paredes vibraban, la cama se sacudía, los objetos caían. Era como si algo debajo de mí se estuviera desatando.
El revoque del techo comenzó a desprenderse. Corrí hacia la puerta sin pensar, salí al terreno helado, y todo… se detuvo.
Allá afuera no había viento, ni ruido, ni vibración. Solo un silencio abrumador. Sentí que alguien me observaba. Me giré y allí estaba.
Una figura de pie, a unos metros, en medio del camino de tierra. Era humanoide, pero no humano. Su cuerpo parecía hecho de sombras densas, con cuernos que se curvaban hacia atrás, y unos ojos tan brillantes como brasas recién encendidas. Su presencia me heló la sangre. No movía los labios, pero supe lo que pensaba, lo sentí en mi cabeza como un eco que rebotaba dentro de mi cráneo: “Te vas… o te llevo conmigo.”
Corrí. No sé cómo llegué al pueblo. Solo recuerdo el zumbido de mi corazón y el sonido de los perros ladrando cuando me vieron llegar al amanecer, cubierto de polvo y con los ojos abiertos como platos. Una familia me recogió en la calle. Me dieron agua, comida, y un espacio donde pasar esa noche. No dormí. No podía.
Me contaron lo que todos en la zona sabían. Ese rancho tenía fama desde hacía décadas. La gente lo llamaba “la casa del Diablo”. Se decía que el matrimonio que vivía ahí practicaba rituales, y que sus hijas participaban también. A veces aparecían animales muertos en el camino, a veces personas desaparecían.
Los que entraban, no salían. O si salían, lo hacían rotos, mudos, o muertos en vida. Nunca regresé por mis cosas. Nadie me reclamó tampoco. Supongo que, para ellos, yo era solo otro peón desechable.
Pasaron los años. La casa fue abandonada y, finalmente, destruida por el mismo pueblo. Algunos dicen que los dueños murieron en un incendio, otros que desaparecieron como tantos otros. Nadie lo sabe con certeza. Pero todavía hoy, de vez en cuando, alguien toma un atajo por ese terreno… y no vuelve.
Hay noches, cuando el viento sopla desde esa dirección, en que el pueblo entero guarda silencio. Porque entre los árboles, en la negrura, todavía se escuchan pasos. Y un grito que no es de este mundo.
Yo me salvé por poco. Pero cada vez que cierro los ojos, veo ese ser. Parado. Esperando.
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