
Confesión por Armando Lara
Hola a todos, he sido taxista desde hace muchos años, siempre recorro el mismo rumbo en la ciudad de Puebla. Es un lugar bonito y tranquilo, así que me encanta mi trabajo, me permite conocer a mucha gente que hasta llego a apreciar como si fueran mis amigos, a veces incluso me dicen que me cuentan más cosas a mí que a sus familiares, a veces los taxistas nos volvemos confesionarios de las diferentes quejas que llevan las personas en el alma.
Este fue el caso de un ancianito al que transportaba de forma regular. Don José, a pesar de que tenía bastantes años encima, iba a trabajar todos los días a su empresa, no le gustaba sentir que dependía de sus hijos, de forma que teníamos un trato de pasaje en el que lo llevaba y lo traía a un domicilio, de venta de ropa, cercano al centro de la ciudad.
Teníamos un par de años haciendo eso, desde que a él le revocaron la licencia porque ya no veía bien y no podía seguir manejando. La plática siempre era amena, me contaba sus peripecias de juventud, cómo era la ciudad 50 años antes, lo que pasaba con su familia, a la que no odiaba pero pues como todos los ancianos se sentía incómodo de que quisieran cuidar tanto de él. Llegamos a llamarnos amigos e incluso a veces nos veíamos para comer, si no tenía pasaje en ese momento me invitaba a alguna cantina y echábamos desmadre un par de horas.
Pasó el tiempo y la vida hizo lo suyo, a Don José pese a que estaba fuerte lo veía como cada vez más acabado conforme pasaban los meses. Él decía que se sentía bien, pero yo notaba que la piel se le había puesto como amarilla y ya tenía ojeras muy marcadas. No le quise comentar nada, pensé en que era mejor que disfrutara el tiempo que le quedara y que no habláramos del tema.
Llegó el día en que Don José me dejó de llamar para que pasara. Él había sido una persona muy privada respecto al contacto con sus familiares, así que decidí no llamarles para checar cómo estaba. Me resigné un poco a la situación, de forma que cuando recibí una llamada de Don José me alegré mucho y fui a recogerlo. Íbamos platicando como siempre, solamente que ahora cambiamos de destino. Me dijo que quería ir a un cementerio, porque era aniversario luctuoso de su esposa. Le di el pésame pero él siguió alegre como si nada.
Pasamos por las calles de cantera de la ciudad, él disfrutaba mucho toda la vista, incluso me decía que fuera más despacio cuando pasábamos por alguna iglesia que le gustaba. Llegamos al destino, él se bajó y me pidió que lo acompañara al interior del camposanto. Como no tenía mucho qué hacer y me había dado gusto verlo, lo seguí.
Era extraño verlo tan bien, caminaba muy erguido y se veía mejor, como si hubiera rejuvenecido varios años. Pasamos por las filas de tumbas, los ángeles de mármol y cantera miraban impasibles nuestra caminata, era como si nos observaran desde su perfección pétrea.
Llegamos a la tumba de su familia, era una cripta bonita, edificada como una especie de capilla, dentro había varios nichos en los que no se leía bien los nombres por el reflejo de la luz en los vidrios bien cuidados. Había flores frescas alrededor de la tumba, pero antes de que pudiera leer lo que decían, Don José llamó mi atención.
Me agradeció de forma efusiva que lo hubiera llevado casi a diario a su tienda, que incluso le hubiese ofrecido mi amistad y demás. Su discurso se sentía como una despedida, así que le mencioné que no se preocupara, que las cosas estaban bien y que me sentía feliz de ser su amigo. Don José sonrió debajo de su espeso bigote cano. Luego se disculpó, dijo que había olvidado su cartera y que no tenía otro pago que un reloj que traía puesto.
Le comenté que no era necesario eso, que ya me pagaría en otra ocasión. Con calma asintió, pero me dejó el reloj entre las manos, sentí su piel fría contra la mía y eso me dió un escalofrío en la espalda. Añadió que le cuidara el reloj, que él se quedaría unos minutos a solas en la tumba y enseguida iría conmigo afuera para que lo regresara a casa, entonces le podría regresar la joya.
Asentí y me fui de regreso a mi taxi, el reloj era muy bonito, parecía ser de oro, tenía algunos brillantes y una inscripción en la base que decía José Arias 1936-2022. Pensé que era una mala broma regalarle algo así a un anciano. Pasó media hora y como no salía, decidí regresarme a la tumba para ver que estuviera bien. Una vez ahí, al no ver a nadie, y sabiendo que la única salida del sitio era por la puerta donde estaba estacionado mi taxi, los busqué cerca, pero no lo encontré. Por casualidad reparé en las flores que estaban colocadas sobre la cripta y entonces me cayó la verdad en la cabeza.
Las coronas fúnebres decían: “en paz descanse Don José Arias”, “pronta resignación a la Familia Arias”, “Don José Arias 1936-2022, descanse en paz” y otras cosas por el estilo. No le creía a mis propios ojos, pero pude ver en el nicho de la cripta una lápida de mármol nuevo que tenía la misma leyenda del reloj. Me quedé sin palabras, vi directamente a la tumba por mucho tiempo y luego me desmoroné en llanto por lo que había pasado.
Ese día ya no quise trabajar y me fui derechito a casa a contarle a mi mujer todo lo que había pasado. Ella me consoló y me dijo que si el señor se había decidido despedir de un buen amigo, pues no tenía nada de malo que recibiera el regalo del espíritu. A la fecha conservo el reloj, no lo saco muy seguido porque como se ve valioso me da miedo que me lo roben, además es la prueba irrefutable de que hay un más allá al que quiero aspirar.
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