NIÑOS EN EL METRO

Buenas a toda mi gente bonita que usa el Metro de nuestra bellísima Capital, la Gran Ciudad de México. Llevo varios años trabajando como DJ de esta impresionante maquinaria que mueve a miles de personas cada día, los 365 días del año y a casi todas horas.

Quizá no es un trabajo miui glamuroso ser DJ de las cabinas del metro, donde la gente a veces ni nota que hay música, pero al menos es un trabajo que me deja para comer y yo trato de divertirme mientras lo hago. Escojo muy bien las playlists que van a escuchar los usuarios, somos varios los que hacemos esto, así que le vamos cambiando cada vez, pero a mí me gusta programar distintas listas para cada estación, para darles como una personalidad sonora que acompañe a las personas que van a sus diferentes historias lo mejor que se pueda. Me imagino que es como una banda sonora que yo puedo elegir, de una película de acción, de romance, de intriga, de todos los temas que abarcan el alma humana.

Perdón por divagar tanto, pero es que me emociona mucho mi trabajo. En fin, para lo que estamos es para el terror, así que les voy a contar lo que me ha tocado ver en las horas después del cierre de las estaciones, cuando tomo mis cosas y me largo a mi casa. Si bien es cierto que una máquina podría hacer mi trabajo, también es verdad que a la gente le gusta que la atiendan otros seres humanos y los sistemas de reproducción del Metro no son los más modernos, así que pese a estar más o menos funcionales por su cuenta, siempre debe haber alguien que controle que los avisos se dan de forma adecuada.

Pues bien, mi chamba termina a eso de las 2:00 o 3:00 de la mañana, cuando ya dejo programadas las listas para el día siguiente, de manera que mi compañero que llega a las 5:00 no se tope con un desastre, cuando salgo a esas horas de mi cabina, el ambiente se siente diferente, es un animal completamente distinto el Metro sin la gente que lo utiliza.

Se vuelve tétrico, sientes un aura hambrienta que te vigila a cada paso, esperando que falles para poder tomar una parte de ti. Por eso mismo trato de caminar rápido a la salida, con las llaves del coche en la mano, listas para lo que venga. Es en esos instantes de paseo nocturno hasta la salida más cercana que a veces he visto lo imposible: grupos de niños corriendo y jugando por la estación, como si estuviéramos a plena luz del día.

Como lo escuchan, son unos cinco o seis pequeños casi siempre, de rostros morenos y claros, con los cabellos del negro al castaño miel, sus ojitos son brillantes, las sonrisas nuevas, las manos van dando tumbos de un cuerpo a otro jugando a la traes o alguna cosa similar mientras corren con sus pantaloncillos que parecen sacados de una ilustración del siglo pasado. La primera vez que los vi, no pude sino detenerme a que mi cerebro interpretara ese fenómeno curioso, cuando les grité para llamar la atención, pude notar cómo su risa infantil se convertía en silencio gélido, sus ojos por un segundo parecían ecos de la noche misma e inmediatamente se volvían para verme con una sonrisa que me daba miedo.

Se me atoró en la garganta el “qué hacen aquí” que pensaba decirles, por lo que al notar mi silencio, perdieron el interés y se largaron a perderse en los túneles de la mole de metal. Mi corazón estaba por salirse de las costillas, me tuve que apoyar en un pilar para no desmayarme en ese instante, uno de los oficiales que vigilan la instalación me vió en ese estado, enseguida me preguntó qué me pasaba.

No estaba seguro de contarle lo que vi, creo que hasta yo pensaría que está loca una persona que me dijera tal cosa, pero no necesité emitir palabra, ya que las risas de niños jugando en el interior del túnel dieron toda la explicación que era necesaria. El oficial entonces se me quedó viendo con cierta sorna, me dijo que si era la primera vez que los veía, cuando le dije que sí, me contó que no me preocupara, mientras no me acercara a ellos o les hiciera plática eran inofensivos. Mucha gente los había visto ya, incluso tenían reportes y videos, pero pues no había mucho que pudieran hacer humanamente.

Se encogió de hombros, me advirtió con cierta incomodidad que nadie sabía exactamente qué podría pasar si me perdía con ellos en la oscuridad. Mencionó que una vez vió cómo un vagabundo los seguía a las sombras, pero cuando quiso darle alcance, después de todo no sabía si eran niños reales o apariciones, se encontró con el hombre muerto en la entrada del túnel.

El cuerpo tenía pequeñas marcas de mordidas que perforaban la piel con fuerza, los ojos no se encontraban en sus cuencas ni en ningún sitio, la sangre brotaba de las diferentes heridas como si se tratara de una fuente que acaba de ser abierta. Enseguida retrocedió, apuntando con el arma reglamentaria a la oscuridad solamente para escuchar que le regresaban el sonido de unas risitas divertidas, seguido de algunos sonidos de masticación chocantes. Llamó a los refuerzos, vinieron los forenses a recoger los restos, dijeron que no sabían qué había atacado a ese pobre hombre, pero que si pudieran adivinar, ya que no había posibilidades de eso, parecería que una jauría de perros lo hubieran atacado en unos instantes.

Añadió que le dieron una semana de descanso después de eso, cuando regresó, todo estaba normal, eso sí, ahora los guardias tenían la instrucción de no seguir a ningún menor a los túneles, fuera de los horarios establecidos para la circulación de los usuarios, según indicaron, el protocolo era que debían actuar solamente si el menor se acercaba a ellos de forma humana, preguntando por ayuda, en caso contrario debían alejarse, sobre todo si se trataba de grupos de menores que parecieran estar jugando por la madrugada.

Era una instrucción extraña, pero no creyeron que hubiera forma de desacatar una orden que no tenía nada de malo, después de todo, no debía haber menores a esas horas en las estaciones, menos jugando por los túneles tenebrosos del Metro, de los cuales se cuenta que algunos incluso van a sitios olvidados de la ciudad, a destinos prohibidos de los cuales no se tiene registro de forma oficial.

Espero que les haya gustado mi relato, y ya se la saben mi gente,  no se acerquen a los niños jugando de madrugada, nunca saben si estarán vivos o no.

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