Confesión por Elizabeth Mendoza
Soy usuaria constante del Metro en la Ciudad de México, la neta por acá es la mejor forma de moverte, sobretodo si vas a sitios concurridos como la terminal aeropuerto, que es por donde vivo yo.
Por mi trabajo casi siempre me toca tomar los últimos trenes del día. Sé que es arriesgado, pero pues no hay mucho que uno pueda hacer si no tienes auto ni dinero para comprar uno, ¿verdad? Casi nunca me toca ir sola, por lo que les digo que es una estación transitada, al menos para mí esos momentos no son tan estresantes. Sin embargo la historia que les voy a contar a continuación tiene qué ver con un día que sí me tocó la de malas y tuve que estar sola en el vagón con un ente que me espantó tanto que ahora cada que subo al metro y veo que está solo, pues mejor hago de tripas corazón y me salgo para tomar un taxi.
Recuerdo que era una noche especialmente fría de invierno, de esos últimos días del año en que la gente medio deja de trabajar porque ya casi todos andan de vacaciones. En esas horas sin luz fue que salí de mi chamba apurada, mis pasos de zapatos de plástico sonaban furiosos contra el piso, tenía que correr para asegurarme de tomar el último tren o mi magro ingreso se vería cortado para poder pagar la tarifa de un auto privado. Después de unos minutos, llegué a la estación para subirme en dirección de Aeropuerto, donde bajaba.
Desde el principio me extrañó ver que el metro iba casi vacío a excepción de una pareja, un par de hombres repartidos por el vagón y una niñita que jugaba con una pelota de un lado a otro. Me fastidió un poco verla ahí, como si su presencia fuera la cereza del pastel que me iba a fastidiar el día con sus risas infantiles y el ruido constante de pelotazos que estaba haciendo, supuse que la pareja eran sus padres, los vi con encono porque no corregían a su criatura, pero no había forma de saber que realmente no tenían nada qué ver con ella.
Me puse mejor a ver cosas en mi celular para no amargarme. En poco tiempo llegué a la estación correspondiente, donde bajamos casi todas las personas, a excepción de la pareja. Como no vi a la niña, pensé que se había ido con sus padres. Caminé apurada para subir las escaleras y subir lo más rápido que pudiera para salir al frío detestable de nueva cuenta. Mientras menos tiempo pasara por ahí, estaría en mejores condiciones de vida: sería poco probable que algún ladrón o secuestrador tratara de tomarme como víctima.
Iba totalmente metida en mis pensamientos cuando me di cuenta, por el sonido de los pelotazos que rebotaban con fuerza en el eco de la estación, que la niña estaba por ahí. La busqué visualmente unos segundos para darme cuenta que estaba en el lado contrario del pasillo por el que yo iba, no vi a sus padres por ningún lado, así que contra mi prisa e instintos me acerqué.
Si el mundo era peligroso para mí, una mujer adulta, más lo sería para una pequeña que no podría tener más de 7 u 8 años de edad. Cuando ella escuchó mis pasos contra el suelo frío del metro, volteo su cuerpo, no alcanzaba a verle la cabeza, se encontraba en una zona oscura junto a las escaleras, pero podía observar perfectamente cómo sus manos se aferraban a un objeto circular con fuerza. Cuando notó que estaba más cerca, se volteó para ir de nuevo a las sombras botando su pelota, riendo de forma discordante a cada bote, como si el golpeteo le interrumpiera la voz de alguna manera extraña.
Me desesperó un poco la situación, así que corrí a donde se encontraba la pequeña para encontrarme con ella de espaldas, casi choca con mi abdomen. Sujeté mi bolso por reflejo, la tomé del hombro para girarla y preguntarle sobre el paradero de sus padres. Cuando mis dedos tocaron su hombro flaco, me di cuenta que su temperatura corporal estaba muy por debajo de la mía, era como tocar un témpano de hielo bajo un vestido inocente de tono rosa.
Creo que para ese momento mi cara ya reflejaba el terror que estaba sintiendo, porque pude sentir como mi boca se torcía en una mueca de desagrado, jalé a la niña para verla en la luz, enseguida me arrepentí de ello: bajo el tono amarillento mortecino de las lámparas del metro podía ver que su cuello estaba seccionado a la altura de la tercera cervical, se notaba el interior de unos músculos que no palpitaban con la vida pero se movían fingiendo tenerla. El cuerpo se giró con una voltereta juguetona, tenía una mano extendida con los dedos apuntando al cielo y en la otra la “pelota”, era una presentación que se notaba que ella había hecho montones de veces, parecía incluso que ensayaba con diversión ese instante en el que por fin las luminarias del transporte se posaban sobre la sonrisa llena de dientes amarillos, los ojos de color blanco como los tienen los muertos, el cabello atado en una coleta que sería bonita si no estuviera acompañada de carne carcomida por el tiempo, los golpes, el castigo de ultratumba.
La cabeza de la pequeña comenzó a reírse con diversión infantil al presenciar mis gritos de terror, quise salir corriendo de ahí, pero ella me aventó su cabeza, que chocó derecho contra mi espalda para luego caer rebotando en el piso. Caí de frente por el impacto fuerte que me sacó de equilibrio, quise pararme de un salto, pero eso sólo logró que me tropezara con mis propios pies y dejara que mi tobillo se torciera a un lado. Grité de miedo y dolor, quería que alguien me ayudara.
Las risas infantiles resonaban en mi cabeza como un coro infernal, me hice una bolita para no sentir esos golpes con la cabeza tan fuertes sobre mi carne. Parecieron años el tiempo que pasó hasta que escuché los pitidos de un silbato de uno de los vigilantes del metro, enseguida sentí que la presencia se retiraba, como si nunca hubiese existido en las inmediaciones.
Sonaron pasos pesados de botas, escuché la voz de un hombre que me decía que me calmara. Después de un tiempo, cuando dejé de sentir esos golpes horrendos en mi cuerpo me animé a ver quién me hablaba, era un guardia que trataba de levantarme del piso con cuidado, pero le dije que tenía el pie lastimado, así que me ayudó a ir hasta la salida de la estación para sentarme ahí en lo que revisaba mi herida.
Estábamos en un silencio sepulcral cuando interrumpió de forma casual para decir que él también veía a esa criatura de forma constante. El corazón me latió con fuerza. Le pregunté si se refería a la niña, él dijo que sí, que muchos la habían visto, pero no podían hacer nada con ella o reportarlo porque quizá los terminarían corriendo del sitio, era un secreto a voces. Entendí lo que quería decir, creo que nadie está para perder los centavos.
Me vendó el tobillo con cuidado y me ayudó a levantarme, me preguntó si alguien podría venir por mí, pero soy madre soltera y no quería arriesgar a mis hijos adolescentes a andar solos por la calle, así que le dije que ya me sentía mejor e iría a casa tranquila. Él me despidió de la estación y me perdí en la noche por unas cuadras hasta llegar a mi casa, donde me metí a bañar y lloré de forma inconsolable por una hora, así de asustada me había dejado esa experiencia.
De cuando en cuando paso y veo de nuevo al vigilante que me ayudó, que con un toque de su sombrero de policía me saluda, siempre inclino la cabeza para devolverle ese pequeño gesto. A la niña no la he vuelto a ver, o al menos procuro no exponerme a sus intentonas de contactarme, supongo que ella siempre estará ahí, pero quiero tener la ilusión de que si hay otras personas presentes, no se me va a volver a aparecer nunca más. Gracias por escuchar mi historia, cuídense mucho.
🔗 ¿Quieres escuchar este relato narrado en video?
Visita el canal oficial: Inframundo Relatos de Terror**
👉 https://www.youtube.com/@InframundoRelatosDeTerror