
Hueyapan, Puebla – 1983
Escrita por Orcus
Me llamo Antonio Rodríguez. Esta historia no es mía, sino de mi padre, quien la vivió cuando tenía apenas dieciséis años. Aunque con los años ha aprendido a callar lo que pasó, yo lo sé todo. Él me lo contó una sola vez, en voz baja, con la mirada perdida, como si aún sintiera el aliento de aquello que lo marcó.
Fue durante una temporada en la que el ganado requería vigilancia constante. En esos días, el campo estaba seco y el monte lleno de rumores. Mi padre se alejó de la casa, como cada tarde, llevando un machete y su cuchillo de siempre, el que había sido bendecido por un sacerdote del pueblo. No era raro que los hombres del campo llevaran consigo ese tipo de protección. Decían que en Hueyapan, los espíritus antiguos todavía caminaban.
Eran cerca de las cuatro cuando se recostó bajo un árbol. El sol seguía golpeando fuerte y no había una sola nube en el cielo. Cerró los ojos apenas un momento, pero los abrió de inmediato al escuchar su nombre. Primero creyó que había sido un sueño, pero la voz volvió a sonar, más clara, más áspera, como si arrastrara tierra con cada sílaba. Se levantó. Miró a su alrededor, pero no había nadie. Ni rastro de otro ser humano. Solo el zumbido de los insectos y el mugido ocasional de una vaca.
Sacó el cuchillo de la vaina y lo clavó en el suelo, justo como su padre le había enseñado. Aquel acero tenía historia. Lo usaban los viejos del pueblo cuando sentían que algo se arrastraba por entre los árboles. Decían que el metal bendito podía abrir una herida en el aire por donde las cosas malas huían.
Se alejó del cuchillo para reunir al ganado. Ya quería volver a casa, pero entonces escuchó otro grito. Esta vez, de auxilio. Era su padre, pidiendo ayuda con desesperación. Reconocía su voz, su tono, su forma de arrastrar las palabras cuando estaba herido. Sin pensar, corrió hacia el origen del sonido, cruzando cercas de alambre y zarzas que le cortaron los brazos.
Lo encontró arrodillado junto a unos matorrales. El sombrero cubría su rostro. Su ropa estaba empapada en sangre. Se acercó sin titubear, pero algo lo hizo detenerse.
Cuando el hombre levantó la cara, su mundo se rompió. No era su padre.
El rostro que lo miró era negro y podrido. Tenía la carne agrietada, los pómulos hundidos, los labios cubiertos de larvas que se movían lentamente, como si estuvieran comiéndoselo desde dentro. Los ojos eran dos pozos secos, sin alma. Sonrió. Aquella cosa, aquella criatura abyecta, sabía que lo había atrapado en su juego. Su lengua, larga como la de una serpiente, se deslizó por su propia mejilla, saboreando el miedo de mi padre.
Mi padre retrocedió, pero ya era tarde. Una mano le tomó por la camisa y lo jaló hacia ese cuerpo pútrido. Gritó. Gritó como jamás lo había hecho. Las risas de la criatura eran grotescas, tan densas que parecían retumbar desde el interior de la tierra. Sintió un ardor en la espalda, como si mil agujas ardientes le perforaran la piel al mismo tiempo.
Se liberó de algún modo y corrió. Iba sin pensar, sin dirección, arrancándose la camisa mientras lo hacía, como si el fuego en su carne fuera a devorarlo por completo. La tierra temblaba bajo sus pies. El aire se sentía espeso. Como si el mundo hubiera cambiado para siempre.
Al llegar al sitio donde había dejado el cuchillo, cayó al suelo de bruces. Sentía que cada parte de su cuerpo ardía. Pero allí, junto al acero clavado en la tierra, algo cambió. El dolor cedió. El aire volvió a moverse. El campo se sintió nuevamente como lo conocía.
Se sentó con dificultad, apenas respirando, y lo vio.
La criatura estaba de pie a unos metros. No se movía. Solo lo miraba. Sonreía. Como si supiera que el juego aún no había terminado. Y luego, simplemente desapareció entre los árboles.
Mi padre comenzó a llorar, como un niño. Lloraba y gritaba por ayuda. Al poco rato, los verdaderos gritos de mi abuelo y mis tíos lo hicieron volver en sí. Lo encontraron cubierto de polvo, con la espalda llena de marcas y heridas frescas. La camisa que se había quitado estaba allí cerca, reducida a casi nada, como si hubiese sido devorada por llamas invisibles.
Lo llevaron a casa. Tardó semanas en sanar, pero la herida en su alma nunca cerró por completo. Desde ese día, no volvió a andar por el campo sin ese cuchillo. Lo guarda aún, oxidado, colgado sobre la puerta de la casa.
Dice que ese cuchillo no le salvó la vida. Dice que le salvó el alma.
Y cuando cae la tarde, si el viento sopla desde los cerros y se escucha un zumbido extraño entre los árboles, él se encierra. Aprieta el cuchillo entre sus manos y susurra una oración que no entiendo.
Yo lo he visto. Sus cicatrices no son solo en la piel. Son mucho más hondas.
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